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El rediseño de mapas distritales evidencia que EEUU es “una democracia de élites”, dice experto
El rediseño de mapas distritales evidencia que EEUU es “una democracia de élites”, dice experto
Sputnik Mundo
La polémica ingeniería electoral del país norteamericano, definida como “políticos eligiendo a sus votantes y no al revés”, llega a las elecciones de medio… 25.10.2026, Sputnik Mundo
2026-10-25T01:40+0000
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La práctica, conocida como “gerrymandering”, tiene tantos años como Estados Unidos, y la propia etimología de la palabra confirma que la manipulación del mapa electoral es una de las tradiciones políticas más antiguas de la llamada democracia más antigua del mundo. Lo anterior debido a que su origen hace referencia a Elbridge Gerry, quien pasó a la historia como uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de EEUU y por ser el vicepresidente de James Madison, el tercer jefe de Estado luego del fundacional George Washington. Gerry, durante su tiempo como gobernador del estado de Massachusetts (1810-1812), era conocido por todo tipo de trampas electorales, entre ellas unificar distritos sin otro criterio más que la composición favorable de sus electorados. Cuando la prensa notó que uno de sus más recientes mapas distritales tenía la forma de salamandra (salamander, en inglés), un contorno retorcido con patas y colas para estirarse y rozar vecindarios, bautizaron esta estrategia como gerrymandering.Si bien el trazo de los mapas con fines políticos ha sido una estratagema histórica en EEUU para intentar ganar o mantener una ventaja, ya sea en la Cámara de Representantes o en los congresos locales (el Senado queda al margen, ya que tiene un número fijo de dos representantes por estado y no se rige por divisiones regionales), en los últimos años esta manipulación ha alcanzado niveles récord. Según estudios de la organización FairVote, actualmente casi el 90% de las bancadas de la Cámara de Representantes de EEUU son “asientos seguros”; es decir, los oficialismos locales han rediseñado los mapas distritales para agrupar o dispersar estratégicamente a los votantes, garantizando el control de la banca independientemente del respaldo que tengan.Esta distorsión ha provocado no solo que el control legislativo se decida por un número cada vez menor de contiendas, sino también que los partidos hayan puesto en marcha institutos oficiales para impulsar el gerrymandering. Ya no lo hacen cada diez años tras conocerse los datos del censo como en el pasado, ni mediante comisiones independientes como era tradición, sino a través de sus propios activistas y funcionarios judiciales, empeñados en moldear distritos y asegurar bancadas afines. Un dato ilustra este fenómeno: entre 1970 y 2025, solo dos estados habían rediseñado voluntariamente sus mapas de distritos congresionales a mitad de un ciclo censal de 10 años. Desde las elecciones de 2024, luego de los cambios a la Ley del Derecho al Voto de 1965 decretados por la actual Corte Suprema —que quitó protecciones a las minorías en la elaboración de circunscripciones electorales— nueve estados han llevado a cabo este proceso.Una batalla encarnizadaPara este ciclo, que tiene como gran jornada electoral el próximo 3 de noviembre, los dos partidos principales han mantenido esta tradición, que busca convertir a la geografía territorial en el escenario donde se definen las elecciones sin necesidad de ir a votar, llevando adelante campañas con resultados mixtos al combinar victorias estratégicas con reveses judiciales.Los republicanos, aprovechando el fuerte respaldo popular en las elecciones del 2024 que les dio no solo la Casa Blanca, sino también el Senado y la Cámara de Representantes (además de ya contar con una mayoría afín en la Corte), impulsaron desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca una serie de rediseños distritales, con Texas —uno de sus principales bastiones— como pieza central para intentar sumar cinco nuevos escaños.De acuerdo con la Administración Trump, esta actitud ofensiva fue una respuesta a las reformas impulsadas por el polémico Comité Nacional Demócrata de Redistribución de Distritos, creado al final del Gobierno de Barack Obama (2009-2017) y que operaba bajo la estrategia “sue tu blue”, es decir, financiar litigios para garantizar más bancadas demócratas (“el partido azul”).El partido opositor articuló de inmediato una contraofensiva a la iniciativa republicana, liderada por uno de sus aspirantes presidenciales para el 2028, el gobernador Gavin Newson. En California, el principal bastión demócrata, además del estado más poblado y rico del país, el mandatario promovió un referendo que resultó triunfante, obteniendo cinco nuevos distritos que les servirían para neutralizar los perdidos en Texas. Los demócratas también lograron aprobar en una consulta con cambios al mapa electoral en el estado de Virginia, pero la Corte Suprema decretó su invalidez jurídica por errores procesales. El máximo tribunal también tumbó los cambios realizados por los republicanos en Indiana, Kansas, Arkansas y Carolina del Sur, aunque dio por buenos los realizados en Carolina del Norte, Florida, Ohio, Tennessee, Utah, Luisiana y Alabama, además del de mencionado Texas, posicionándose así la Suprema Corte como un actor clave en esta pelea.Jorge Márquez, doctor en Ciencias Políticas y Sociales (UNAM) e internacionalista, le dijo a Sputnik que este aceleramiento del gerrymandering ha provocado “un aumento del extremismo político en ambos bandos, porque al no haber una competencia real, no hay necesidad de generar consensos”.El analista señaló que, en la actualidad, es más redituable para un político estadounidense solo apelar al electorado propio, “ya que si tu distrito está compuesto por una amplia mayoría de votantes de tu partido, cualquier corrimiento podría hacerte perder apoyos, profundizando así los lineamientos identitarios”.”Una aberración conceptual”No obstante, más allá del cálculo partidista de coyuntura y las métricas de bancadas en juego, el episodio completo de las guerras de redistritamiento vuelve a dejar al desnudo una deformación estructural del modelo estadounidense que es completamente deliberada, le dijo a Sputnik Oliver Santín Peña, maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la UNAM.”El sistema es una aberración conceptual porque se basa, por diseño, en una lógica invertida, donde los legisladores eligen a sus votantes y no al revés, como debe ser, evidenciando una democracia de élites donde los políticos nunca sueltan el poder”, apunta.A esta distorsión geográfica se suma el rol desproporcionado del dinero en la política, donde flujos multimillonarios de capital corporativo, super PACs y fondos de procedencia no declarada dictan la viabilidad de las campañas, explica el analista. Gigantescos conglomerados financieros, multimillonarios vinculados al sector tecnológico y al complejo industrial bélico e intereses empresariales operan como los verdaderos patrocinadores de las contiendas, inyectando sumas astronómicas para blindar o erosionar mapas electorales según sus propios intereses regulatorios y fiscales.La dinámica, señala Santín Peña, perpetúa un entramado en el que el voto ciudadano queda encorsetado entre las trampas de la ingeniería partidista y la capacidad de presión financiera de las élites del capital privado, mientras que los votantes son desplazados y amontonados para que su peso desaparezca.”La democracia de EEUU, que algunos todavía quieren vender como un referente global, ratifica así lo que siempre ha sido: un teatro con velos institucionalistas donde la voluntad popular es moldeada de antemano por el establishment político y las chequeras corporativas”, concluye.
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La polémica ingeniería electoral del país norteamericano, definida como “políticos eligiendo a sus votantes y no al revés”, llega a las elecciones de medio término en su versión más feroz, con demócratas y republicanos peleando por inclinar la balanza. “Revela un sistema profundamente corrupto y antidemocrático”, dijo un experto a Sputnik.
Lo anterior debido a que su origen hace referencia a Elbridge Gerry, quien pasó a la historia como uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de EEUU y por ser el vicepresidente de James Madison, el tercer jefe de Estado luego del fundacional George Washington.
Si bien el trazo de los mapas con fines políticos ha sido una estratagema histórica en EEUU para intentar ganar o mantener una ventaja, ya sea en la Cámara de Representantes o en los congresos locales (el Senado queda al margen, ya que tiene un número fijo de dos representantes por estado y no se rige por divisiones regionales), en los últimos años esta manipulación ha alcanzado niveles récord.
Según estudios de la organización FairVote, actualmente casi el 90% de las bancadas de la Cámara de Representantes de EEUU son “asientos seguros”; es decir, los oficialismos locales han rediseñado los mapas distritales para agrupar o dispersar estratégicamente a los votantes, garantizando el control de la banca independientemente del respaldo que tengan.
Esta distorsión ha provocado no solo que el control legislativo se decida por un número cada vez menor de contiendas, sino también que los partidos hayan puesto en marcha institutos oficiales para impulsar el gerrymandering. Ya no lo hacen cada diez años tras conocerse los datos del censo como en el pasado, ni mediante comisiones independientes como era tradición, sino a través de sus propios activistas y funcionarios judiciales, empeñados en moldear distritos y asegurar bancadas afines.
Un dato ilustra este fenómeno: entre 1970 y 2025, solo dos estados habían rediseñado voluntariamente sus mapas de distritos congresionales a mitad de un ciclo censal de 10 años. Desde las elecciones de 2024, luego de los cambios a la Ley del Derecho al Voto de 1965 decretados por la actual Corte Suprema —que quitó protecciones a las minorías en la elaboración de circunscripciones electorales— nueve estados han llevado a cabo este proceso.
Para este ciclo, que tiene como gran jornada electoral el próximo 3 de noviembre, los dos partidos principales han mantenido esta tradición, que busca convertir a la geografía territorial en el escenario donde se definen las elecciones sin necesidad de ir a votar, llevando adelante campañas con resultados mixtos al combinar victorias estratégicas con reveses judiciales.
De acuerdo con la Administración Trump, esta actitud ofensiva fue una respuesta a las reformas impulsadas por el polémico Comité Nacional Demócrata de Redistribución de Distritos, creado al final del Gobierno de Barack Obama (2009-2017) y que operaba bajo la estrategia “sue tu blue”, es decir, financiar litigios para garantizar más bancadas demócratas (“el partido azul”).
Los demócratas también lograron aprobar en una consulta con cambios al mapa electoral en el estado de Virginia, pero la Corte Suprema decretó su invalidez jurídica por errores procesales. El máximo tribunal también tumbó los cambios realizados por los republicanos en Indiana, Kansas, Arkansas y Carolina del Sur, aunque dio por buenos los realizados en Carolina del Norte, Florida, Ohio, Tennessee, Utah, Luisiana y Alabama, además del de mencionado Texas, posicionándose así la Suprema Corte como un actor clave en esta pelea.
Jorge Márquez, doctor en Ciencias Políticas y Sociales (UNAM) e internacionalista, le dijo a Sputnik que este aceleramiento del gerrymandering ha provocado “un aumento del extremismo político en ambos bandos, porque al no haber una competencia real, no hay necesidad de generar consensos”.
El analista señaló que, en la actualidad, es más redituable para un político estadounidense solo apelar al electorado propio, “ya que si tu distrito está compuesto por una amplia mayoría de votantes de tu partido, cualquier corrimiento podría hacerte perder apoyos, profundizando así los lineamientos identitarios”.
“Una aberración conceptual”
No obstante, más allá del cálculo partidista de coyuntura y las métricas de bancadas en juego, el episodio completo de las guerras de redistritamiento vuelve a dejar al desnudo una deformación estructural del modelo estadounidense que es completamente deliberada, le dijo a Sputnik Oliver Santín Peña, maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la UNAM.
“El sistema es una aberración conceptual porque se basa, por diseño, en una lógica invertida, donde los legisladores eligen a sus votantes y no al revés, como debe ser, evidenciando una democracia de élites donde los políticos nunca sueltan el poder“, apunta.
A esta distorsión geográfica se suma el rol desproporcionado del dinero en la política, donde flujos multimillonarios de capital corporativo, super PACs y fondos de procedencia no declarada dictan la viabilidad de las campañas, explica el analista.
Gigantescos conglomerados financieros, multimillonarios vinculados al sector tecnológico y al complejo industrial bélico e intereses empresariales operan como los verdaderos patrocinadores de las contiendas, inyectando sumas astronómicas para blindar o erosionar mapas electorales según sus propios intereses regulatorios y fiscales.
“La democracia de EEUU, que algunos todavía quieren vender como un referente global, ratifica así lo que siempre ha sido: un teatro con velos institucionalistas donde la voluntad popular es moldeada de antemano por el establishment político y las chequeras corporativas”, concluye.


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